La libertad de todos: una defensa de los derechos sociales – Rafael Ramis

García Manrique, Ricardo. La libertad de todos: una defensa de los derechos sociales. Barcelona: El Viejo Topo, 2013. 419 p. ISBN: 9788415216513.

Hay libros que intentan cuestionar un statu quo académico o ideológico y que merecen una atención y un debate serio y riguroso. Sin duda, este volumen de Ricardo García Manrique, profesor titular de filosofía del derecho de la Universidad de Barcelona, es de los que merece una discusión detallada, que espero poder llevar a cabo más adelante, con más tiempo y detenimiento. Sin embargo, no quiero dejar pasar la oportunidad de dar a conocer esta obra, que marca un nuevo perfil en la proyección intelectual del autor, en un foro que congrega a juristas con intereses no meramente académicos.

De los trabajos que había publicado este profesor hasta ahora, siempre sobresalía su preocupación por temas centrales en la reflexión iusfilosófica, tratados mayoritariamente con exquisita delicadeza según los parámetros del quehacer universitario. Ello puede verse en sus escritos sobre la seguridad jurídica, la bioética, los derechos humanos… En el libro que aquí nos ocupa ha tenido una “delicadeza” aún mayor: la de compartir su postura a través de una presentación y argumentación que, sin dejar de ser rigurosa, incluye a un público no necesariamente hiperespecializado. Ello no significa que sea un libro sencillo, puesto que el debate teórico que lo sustenta es realmente complejo y lleno de matices. Pero el autor prefiere que La libertad de todos, aunque no pueda ser leído por todos, pueda ser disfrutado por bastantes.

Las referencias teóricas, en vez de estar explicitadas de forma erudita en notas a pie de página, se reducen las más de las veces a simples alusiones a los nombres y a las obras de diferentes teóricos, que el autor conoce y maneja con gran soltura. Si el lector quiere aquilatar aún más las referencias, la bibliografía final, así como varios trabajos recientes del autor, publicados en revistas especializadas, le permitirán corroborar el alcance y la exactitud de las citas que se manejan.

El libro, articulado en siete capítulos, podría definirse como una reflexión sobre la necesaria igualación de condiciones sociales en relación con tres ámbitos concretos de la vida (educación, trabajo, asistencia). García Manrique quiere mostrar que las visiones contemporáneas sobre estos ámbitos son esencialmente la liberal (al que dedica el capítulo V) y la socioliberal (examinado en el capítulo VI), en las que la libertad individual y colectiva queda restringida. Para el autor, la libertad entendida como capacidad para la autonomía necesita ensanchar sus propios límites, deshaciéndose del corsé que los autores liberales le han ido imponiendo desde el siglo XIX.

Con ello, se posiciona contra cierto liberalismo también muy en boga en nuestros días y defiende que su idea de libertad es errónea. Para el autor, la educación, la asistencia sanitaria y el trabajo son actividades o bienes objetivamente valiosos para la vida humana. En el libro se sostiene que los bienes o servicios objeto de los derechos fundamentales no deberían ser alienables (lo que en la tradición romanística se denominaría res in commercium). El autor defiende que la progresiva mejora de la educación y asistencia pública conlleva un declive de las prestaciones privadas mercantiles. El autor no se muestra contrario a la prestación privada, como complemento al derecho al igual acceso de todos a la educación (por ejemplo, la educación concertada), pero defiende precisamente que la educación y la sanidad son derechos que deben ser garantizados para que la gente tenga una mayor libertad y una mayor autonomía.

Para el autor, la educación es un derecho fundamental porque nos hace más libres (o, si se quiere, “autónomos” en un sentido ilustrado). Es decir, que los derechos sociales igualan la libertad de las personas: dan a cada una el mismo grado de libertad para acceder a estos bienes, con independencia de su posición social y a sus recursos económicos. Esa misma idea, como recuerda Castoriadis, se propuso en la Grecia ateniense y se reprodujo, aunque en un contexto muy diferente, en la Francia revolucionaria.

Fueron dos momentos en los que hubo una verdadera pugna ciudadana en pro de estos derechos de la sociedad. Platón y Aristóteles advirtieron el riesgo que tenía dar esa libertad igualitaria que Kant y Rousseau parecieron defender: así como es cierto que no todos tienen un mismo punto de partida socioeconómico y se necesitan garantizar los “derechos sociales” para que todo ciudadano sea libre para desarrollarse, también es cierto que no todos hacen con esos recursos un mismo uso. Esa podría ser la crítica de los pensadores “liberales” y sería una consideración justa y acertada, puesto que los resultados son muy diferentes, si no vienen acompañados de un sistema que defienda unos valores y la gente crea y esté seriamente comprometida con ellos.

Sin embargo, a lo largo del libro no se defienden unos derechos sociales a cualquier precio. La sanidad y la educación con alcance general son valores en sí mismos, pero no por el hecho de ser públicos y gratuitos tienen que dejar de representar una exigencia y un compromiso elevadísimo tanto para el Estado como para los ciudadanos. El lector, a través de los diferentes capítulos, entiende que la libertad de todos no es un cheque en blanco, sino una reivindicación con altos costes morales. Y así como no todos pueden ser excelentes, un Estado que garantice estos derechos tiene que intentar inculcar también la excelencia y la optimización de los recursos, buscando ante todo la justicia. Sin derechos sociales fuertes, unos ciudadanos son claramente más libres que otros: puesto que por nacimiento, nuestras circunstancias son ya muy distintas, blindar los derechos sociales ayuda a reducir las diferencias en el grado de libertad.

El libro defiende, como argumento novedoso, que los derechos sociales no sirven a la igualdad porque ésta no es, en sí misma, un valor. La crítica al valor de la igualdad sigue, en buena parte a Bobbio y a Raz, pero este profesor de la Universidad de Barcelona la aplica al estudio de los derechos sociales. Bajo su punto de vista, igualan la libertad de las personas, de manera que no tiene sentido contraponer libertad con igualdad. Esto sería un error que el autor explica no sólo con una discusión con algunos autores contemporáneos, sino también con una atinada referencia histórica que ocupa los capítulos segundo y tercero de la obra.

Frente a la plasmación de los derechos sociales que estaban presentes en el lenguaje de los revolucionarios de los siglos XVIII y XIX, fue finalmente la concepción liberal y restrictiva de los derechos sociales la que acabó imponiéndose. Frente a las visiones liberal y socioliberal, García Manrique aboga por una tercera concepción, denominada “socialista”. Que nadie se lleve al engaño: no defiende el programa de los partidos que llevan ese adjetivo (que aplican, en las últimas décadas, una política más liberal que neoliberal), sino de un socialismo (aún) inexistente, pero que tampoco podría calificarse de utópico.

La libertad de todos es una contribución que viene a ensanchar los caminos de la libertad que el liberalismo clásico (y, no digamos, el neoliberalismo actual) han ido restringiendo cada vez más. El autor defiende una comunidad de personas igualmente libres, en la que todo aquello que asegura nuestra libertad no pueda ser objeto de tráfico mercantil, es decir, en la que estos derechos tienen que quedar sustraídos de la oferta y la demanda. Con todo, señala que es más difícil sostener la idea que llevarla a la práctica, pues dar protección a los derechos sociales exigiría replantearse las prioridades enteras de una sociedad que, precisamente por falta de formación y de estímulos, no ha acabado de valorar la importancia del estudio, de la formación y de la asistencia social y sanitaria. Lo mismo sucede, especialmente en España –país del enriquecimiento fácil por excelencia– con el derecho al trabajo, un tema muy discutible, que es tratado con gran profundidad y riqueza de matices por el autor (pp. 315 y ss.).

La defensa de los derechos sociales que el libro propone sigue los ideales ilustrados y revolucionarios: exige, ante todo, una nivelación de la libertad en el disfrute de oportunidades, pero propone también una exigencia moral. El autor confía, como hacían Rousseau y Kant, en que la educación y la asistencia harán más libres a las personas, en una especie de retroalimentación continua entre mayor libertad y el cultivo y la protección jurídico-política de los derechos sociales. El ilustrado siempre tiene una visión optimista del ser humano y confía en sus posibilidades. La realidad, en muchas ocasiones, es más cruda. Pero no deja de ser una reivindicación necesaria, pese a los muchos sinsabores ocasionados por las flaquezas humanas, insertas en una sociedad ferozmente capitalista que las sabe manejar como nadie.

Con todo, pese a lo complejo del tema y a los debates que encierra, la espina dorsal del libro es una tesis clara y tiene una argumentación sólida. Ciertamente, como dice el autor, los derechos sociales son los que más sufren en estos tiempos de crisis económica y de hegemonía liberal. Para él, debe utilizarse precisamente la crisis para discernir lo principal de lo accesorio. En su libro muestra razonadamente que los derechos sociales merecen una protección a la altura de los civiles y políticos y que, frente a los recortes de nuestros días, requieren una mayor defensa y salvaguarda.

No puedo acabar sin referirme al acto mismo del placer de la lectura de La libertad de todos. García Manrique es un muy buen escritor: convincente, elegante, refinado y claro. Basta con hojear las primeras páginas para paladear el alcance literario de un lenguaje atinado y preciso, que sabe servirse de la metáfora cuando es necesario. No creo equivocarme al decir que este libro, algo más ensayístico que otros salidos de su pluma, ha permitido aflorar estas cualidades bastante infrecuentes en el mundo académico y que lo singularizan ejemplarmente en el panorama iusfilosófico actual. En suma, un trabajo de gran valor, de grata lectura y que puede dar lugar a ricos debates, que estas pobres líneas han querido alentar.

Rafael Ramis Barceló

Profesor contratado doctor del Departamento de Derecho Público de la Universitat de les Illes Balears

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