Las elecciones presidenciales en Grecia: el legado constitucional de la transición – Irene Martín y Yannis Karagiannis

El pasado 29 de diciembre se conocía el resultado de la tercera votación parlamentaria para elegir al nuevo Presidente de Grecia. El resultado no era sino un fiel reflejo de la inestabilidad del gobierno actual: al no obtener el candidato propuesto por la coalición en el poder la mayoría de dos tercios, se abría el proceso de disolución del Parlamento y la convocatoria de elecciones generales. En las siguientes líneas contextualizamos históricamente el sistema de elección del Presidente previsto por la Constitución de Grecia, apuntamos sintéticamente las implicaciones del resultado de las votaciones del pasado mes de diciembre y llevamos a cabo una breve reflexión sobre lo que cabe esperar en las próximas semanas. Una de las principales ideas que queremos transmitir es que el actual sistema de elección presidencial en Grecia es una rémora del modelo semipresidencialista contemplado por la Constitución aprobada durante la transición, pero que desapareció con la reforma llevada a cabo en 1986. Dadas las implicaciones que esta norma está teniendo en el presente, que nada tienen que ver con la estabilidad que se buscaba en la transición para el nuevo régimen democrático, una reforma del sistema parece oportuna.

La figura del Presidente en la Constitución de 1975

En julio de 1974, al caer la dictadura de los Coroneles, se restituyó la Constitución de 1952. Las primeras elecciones democráticas dieron la victoria al partido de centro derecha, Nueva Democracia, en noviembre de 1974. Pocos días después se decidía en un referéndum que Grecia dejaría de ser una monarquía. Un 69,18% de los votantes se decantaba a favor de la República. Al poco tiempo el Parlamento elegía un Presidente provisional (M. Stasinópulos).

Daba así comienzo el proceso constitucional que fue protagonizado en un primer momento por una comisión formada por el Primer Ministro, K. Karamanlís, y dos juristas propuestos por él mismo y pertenecientes al partido en el gobierno. El borrador surgido de sus trabajos fue trasladado a una comisión formada por una representación proporcional “reforzada” de los partidos parlamentarios. Los partidos de la oposición participaron en los debates que tuvieron lugar en el seno de esta comisión así como en las discusiones plenarias. No obstante, debido a su manifiesto desacuerdo con los poderes que la Constitución propuesta otorgaba al Presidente, se ausentaron de las discusiones durante la última fase, así como de la votación final. En lo que a la figura del Presidente se refiere, la Constitución de 1975 podía ser calificada de semi-presidencialista, lo que sin duda atendía a la admiración que Karamanlís profesaba por De Gaulle. El Presidente, a quien la Constitución se refería como “el regulador del régimen”, podía disolver el Parlamento, vetar leyes, firmar actos sin autorización previa del gobierno y, en el ámbito más claramente político, dirigirse al pueblo sin consultar previamente al gobierno. La Constitución fue aprobada en junio de 1975 por 208 de los 220 diputados del partido en el gobierno.  Inmediatamente después el Parlamento elegía como Presidente a quien había presidido la comisión constitucional, K. Tsatsos.

En 1980 Karamanlís renunciaba como Primer Ministro para ser elegido Presidente. No obtuvo el apoyo necesario de dos tercios exigidos por la Constitución hasta la tercera votación. Los diputados del principal partido de la oposición, PASOK, se abstuvieron pero, curiosamente, obtuvo el apoyo del Partido Comunista el Interior, antecesor del que hoy en día encabeza las encuestas electorales, SYRIZA. Lo más duro para Karamanlís fue la cohabitación con el gobierno del PASOK a partir de 1981. El final de aquella legislatura será recordado por la fuerte polarización entre PASOK y Nueva Democracia. En este contexto, estando próximo el fin del mandato presidencial, Karamanlís no logró el apoyo de los socialistas para renovar su mandato, lo que provocó su dimisión temprana. El candidato propuesto por PASOK, C. Sartsetakis, también fue elegido en la tercera votación[1].

Estando el principal inspirador de la Constitución de 1975 fuera de juego, se planteó la primera reforma de la misma en 1986. Los cambios principales fueron dirigidos, precisamente, a limitar considerablemente las competencias del Presidente (nunca ejercidas, por cierto) hasta convertirlo en una figura con funciones fundamentalmente simbólicas.[2] Entre otras cosas, el Presidente perdió la posibilidad de emitir decretos sin aprobación explícita del ministro competente. Del mismo modo, perdió la capacidad de negociar con el gobierno en igualdad de condiciones cuando se proponía vetar un decreto gubernamental. Pero, paradójicamente, la reducción de las competencias del Presidente no llevó aparejada la desaparición del requisito por el cual debía obtener el apoyo de una mayoría cualificada en el Parlamento. Esta exigencia ha seguido intacta en la Constitución hasta nuestros días como ahora veremos.

La elección del Presidente según la Constitución reformada

En la actual Constitución de Grecia el Presidente es elegido por el Parlamento por un periodo de 5 años y sólo puede ser reelegido una vez. Su elección es nominal (ésta es otra de las reformas aprobadas en 1986) y requiere una mayoría de dos tercios del conjunto de los diputados (200 de un total de 300 diputados). En caso de que no se logre esta mayoría, se volverá a celebrar otra elección que requiere la misma mayoría. De no obtenerse los apoyos necesarios tampoco en la segunda votación, se pasa a una tercera, en la que se requiere una mayoría de tres quintos (180 diputados). Si ningún candidato obtuviese el apoyo tras la tercera votación, se disolverá el Parlamento convocándose elecciones generales.

El nuevo Parlamento, no más tarde de veinte días tras su constitución, debe elegir Presidente por mayoría de tres quintos. Si no se logra, se vuelve a celebrar una votación en la que saldrá elegido Presidente aquel que obtenga la mayoría absoluta. Si ninguno de los candidatos tuviera los votos suficientes, se repetirá la votación eligiendo entre los dos candidatos que más apoyo hayan tenido en la anterior, ganando aquel que obtenga la mayoría relativa. Por improbable que parezca, en 1990 Karamanlís fue elegido Presidente por segunda vez en esta quinta elección obteniendo el apoyo –que él mismo calificó de “mísero”– de 153 de los 300 diputados. Pero ésta no fue, ni mucho menos, la pauta de las elecciones posteriores (K. Stefanópulos, en 1995 y 2000, y K. Papulias en 2005 y 2010), en las que siempre se ha elegido Presidente sin necesidad de disolver el Parlamento y en todas, salvo en 1995, en la primera votación.

El mandato de K. Papulias, actual Presidente de Grecia, finalizaba en febrero de 2015. No obstante, a principios de diciembre Samarás adelantó la elección por razones sobre las que no parece haber consenso, dando paso a las votaciones en el Parlamento durante los días 17, 23 y 29 de diciembre de las que ya conocemos el resultado. Veamos brevemente en qué circunstancias parlamentarias tuvieron lugar las mismas.

La composición del Parlamento

Tras las últimas elecciones de Junio de 2012, celebradas en plena crisis y al calor de los efectos devastadores de las políticas de ajuste, siete partidos obtuvieron representación en el Parlamento: el partido de centro-derecha Nueva Democracia (129 diputados), la Coalición de Izquierda Radical de origen eurocomunista SYRIZA (71 diputados), el hasta entonces principal partido de la oposición de centro izquierda PASOK (33 diputados), un partido de derecha nacionalista de nueva creación Griegos Independientes (20 diputados), el neofascista Aurora Dorada (18 diputados), el partido escindido de SYRIZA por su apuesta más claramente europeísta Izquierda Democrática (17 diputados), y el Partido Comunista (12 diputados)[3].

El sistema de partidos griego sufrió una metamorfosis sin precedentes, en gran parte debida al surgimiento de un nuevo “clivaje” que coloca a los partidos en dos bandos enfrentados: los partidarios de la aplicación del memorándum acordado con la troika (de donde surgen las políticas de ajuste) y los partidarios de revisar o de denunciar dicho memorándum. Al primero de los frentes pertenecen los dos partidos en el gobierno. El resto de partidos pueden ser considerados anti-memorándum, quedando Izquierda Democrática en una posición difícil de definir tras su participación en el mismo durante unos meses.

Pero las políticas de austeridad no dejaron de hacer estragos después de las elecciones y, como consecuencia de ello, el enfrentamiento en torno al memorándum ha hecho mella en casi todos los grupos parlamentarios, incluidos los de los partidos que forman la coalición gobierno. Por un lado, Izquierda Democrática abandonó el gobierno en junio de 2013 por su oposición al cierre de la radio y televisión públicas decretado por el gobierno. Por otro, la mayoría de los grupos parlamentarios han sufrido bajas que se han traducido en la conversión en “independientes” de 24 diputados (7 de los cuales provenientes de la coalición en el gobierno). De los 162 diputados que sumaban las dos fuerzas en el gobierno tras las elecciones de 2012, en el momento de la votación sus fuerzas se habían visto reducidas a 155 diputados, 25 votos menos de los 180 que necesitaba su candidato presidencial.

La votación presidencial de diciembre de 2014 y sus consecuencias

El candidato propuesto por el gobierno era el jurista Stavros Dimas, diputado de Nueva Democracia desde 1977 y comisario europeo entre 2004 y 2009. A pesar de su carácter moderado no se trataba de un candidato de consenso dada su larga vinculación a uno de los partidos de la coalición gobierno. El apoyo recibido por Dimas en el Parlamento ha sido 160, 168 y 168 votos, respectivamente. Todos los votos adicionales a los de la coalición de gobierno provinieron de diputados independientes[4].

En estas circunstancias, un día después de la tercera votación, el Primer Ministro A. Samarás, convocó elecciones anticipadas para el 25 de enero de 2015. Dado el cambiante panorama político griego, es difícil aventurar un pronóstico electoral. A lo que parecen apuntar todas las encuestas es a que SYRIZA es, por el momento, el partido que encabeza la intención de voto a tres puntos del segundo partido, Nueva Democracia. Como tercera fuerza se sitúa El Río, partido de centro-izquierda que hizo su aparición en las pasadas elecciones europeas y al que las encuestas dan en torno al 5% de los votos. Le siguen, a no mucha distancia, Aurora Dorada, PASOK y el Partido Comunista. No está claro si Griegos Independientes y el nuevo partido de Papandreu (Movimiento de los Socialistas Demócratas) lograrán superar el umbral del 3% de los votos en todo el país para optar a algún escaño. En caso de que finalmente quedaran sin representación, la formación de un gobierno monocolor se vería facilitada ya que, según el sistema electoral actual, cuantos más partidos queden fuera del Parlamento, más fácil es para el partido más votado alcanzar la mayoría absoluta. Ahora mismo no se descarta que SYRIZA pueda formar gobierno en solitario si alcanza un 37-38% de los votos, como anticipan algunas encuestas. A los diputados que le corresponderían aplicando un criterio proporcional, se sumarían los 50 diputados que el sistema electoral le concede al partido más votado. Pero, de no alcanzar la mayoría absoluta, K. Papulias todavía puede tener un papel que jugar ya que tendrá que llamar a consultas a los tres partidos más votados por orden. Otra de las grandes incógnitas en este momento es qué partido será el tercero. Los candidatos a fecha de hoy son el centrista El Río y el neofascista Aurora Dorada.

Como hemos intentado exponer, el sistema actual de elección presidencial podía estar justificado en un sistema semipresidencialista y en el contexto de la transición de una dictadura a una democracia. Dado el carácter limitado de las competencias atribuidas hoy en día al Presidente, no parece necesaria una mayoría cualificada. Asimismo, en tiempos convulsos como son los actuales, un sistema de elección directa por parte de los ciudadanos podría otorgar a esta figura, normalmente carente de un fuerte sesgo político, una legitimidad adicional. Así parecen entenderlo también la mayoría de los partidos políticos que en sus programas electorales proponen, entre otras, una reforma constitucional del sistema de elección presidencial.

Irene Martín, Universidad Autónoma de Madrid
Yannis Karagiannis, Institut Barcelona d’Estudis Internacionals


[1] C. Sartsetakis era una figura ampliamente conocida y que gozaba de una cierta popularidad por su papel como fiscal durante el juicio por el asesinato del diputado del partido de Izquierda Unida Democrática, G. Lambrakis, en 1963.

[2] Después de la de 1986 ha habido otras dos reformas, una en 2001 y una en 2008, ambas en un clima de mayor acuerdo entre los partidos políticos que en 1986. En el caso de la extensa reforma de 2001 el apoyo para la mayor parte de los cambios fue de cuatro quintos de los diputados. Según el artículo 110 de la Constitución griega, deben pasar 5 años entre una reforma y la siguiente.

[3] Los porcentajes de voto obtenidos por cada uno de estos partidos fueron ND (29,7%), SYRIZA (26,9%), PASOK (12,3%), Griegos Independientes (7,5%), Aurora Dorada (6,9%), Izquierda Democrática (6,3%) y Partido Comunista (4,5%).

[4] De todos ellos, 5 habían sido elegidos por Griegos Independientes, 4 por Izquierda Democrática, 2 de Aurora Dorada, 1 PASOK y 1 de ND.

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